Homilía exequias del Prb. Alfonso Rincón

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Hace apenas algunos días muchos de los aquí presentes fuimos sorprendidos por un correo electrónico en el que el Padre Alfonso nos participaba de un agravamiento repentino de sus condiciones de salud y nos dirigía palabras de gratitud y de despedida.

El tono de ese mensaje era amable, sencillo y lleno de esperanza: “Los recuerdo a todos con mucho cariño, les agradezco su amistad, su comprensión y su fe. Sigan adelante soñando, haciendo el bien, llevando el mensaje del Señor y la alegría de San Francisco”. Después de mencionar una larga lista de nombres y de anotar que estaba escuchando gospels en la clínica, añadía: “El padre vino y me dio la unción y la comunión. Si el Señor quiere nos veremos en Bogotá, si no donde el Señor nos espera a todos con los brazos abiertos. Los quiero mucho. Bendiciones y que San Francisco nos proteja y la Virgen sea nuestra compañera”.

A la luz de este mensaje, cuan cierto se revela aquello de que se muere como se vive y de que la muerte es el coronamiento de una existencia, no sólo porque sea su último acto, sino porque significa el punto de convergencia de todo lo que la inspiró.

La vida de Alfonso como creyente y como sacerdote de Jesucristo fue ante todo una vida entregada como expresión de la acogida profunda de la misericordia de Dios. Por eso, según la imagen del grano de trigo que cae en tierra y muere, fue una vida fecunda y lo será ahora más que nunca para él y para la Iglesia. Para él, porque llega a la meta, al término de todas sus búsquedas y anhelos: el encuentro con la verdad y la belleza absolutas y para la Iglesia, porque su ejemplo de vida, esclarecido ahora en toda su profundidad por su consumación, y porque su intercesión, nos van a acompañar por siempre.

Con motivo de sus bodas de oro sacerdotales escribí unas palabras de reconocimiento en nombre del presbiterio, que no pude leer ese día, y que ahora quisiera compartir con ustedes, no como un tributo póstumo, sino como acción de gracias al Señor por este hombre que en medio del carácter excepcional de sus muchos talentos sólo quiso ser, como su querido San Francisco, un humilde repetidor de Jesucristo.

Muy apreciado Padre Alfonso:

Seguramente otras personas que lo conocen de hace muchos más años que yo, habrían podido realizar mejor el honroso oficio de dirigirle unas palabras para expresarle nuestra gratitud y afecto por todo lo que ha significado su vida y su ministerio para nuestra Iglesia de Bogotá y para nuestro presbiterio.

Mis recuerdos acerca de usted se confunden entre los momentos que hemos compartido desde hace unos quince años y las imágenes lejanas del capellán de la Nacional durante tiempos agitados, del brillante profesor y del secretario general de la misma universidad. Rodeado de esa aureola, volvió usted, después de una larga y fecunda parábola vital, a los claustros de nuestro querido Seminario. Allí volvió con su sabiduría en campos variados como la Sagrada Escritura, el pensamiento agustiniano y la semiótica y, sin embargo, unidos todos por el común denominador de la sensibilidad ante la realidad del lenguaje y de los símbolos y de sus exigencias hermenéuticas.

Gracias a las clases en el Seminario y a diversos momentos de reflexión que pudimos compartir,  fui pasando de las noticias sobre el Padre Alfonso, al conocimiento personal y al trato de amistad

De ese conocimiento y de esa amistad ha ido brotando la figura de un hombre profundamente coherente con su concepción de la vida y del misterio cristiano. Recuerdo, cuando con ocasión de la preparación de unos retiros del clero, le pregunté acerca de algunas insistencias que, a su juicio, debía hacerle a los sacerdotes, y me sugirió enfatizar en la coherencia, en la medida en que esta es la virtud que en nuestro mundo pluralista todos valoran. Quienes lo conocemos, descubrimos en la energía con que usted plantea sus ideas, la autoridad que le confiere su fidelidad existencial a las mismas. Pero asimismo, en sus actitudes y acciones, leemos con claridad el andamiaje conceptual y espiritual que las sostienen.

Una de sus convicciones es el valor del estudio, del análisis y de la reflexión. Siempre me ha llamado la atención como usted pretende provocar un diálogo animado por el deseo de abordar en profundidad los temas, cosa que no resulta siempre fácil en una cultura como la nuestra, tan dada a saltar de un tema a otro, sin ahondar en el complejo entramado de la realidad. Sus “por qué” son siempre un estímulo para avanzar en la conversación y en la búsqueda de la verdad. Esta pasión por la realidad en sus múltiples aspectos ha hecho de usted un verdadero intelectual. Testimonio de esa pasión es su amplísima biblioteca que terminó por invadir todo su apartamento y que da cuenta de su simpatía para con el vasto universo del pensamiento y, al mismo tiempo, de su certeza respecto de la pertinencia de la fe cristiana para entrar en diálogo fecundo con todas las búsquedas humanas, así como de la necesidad de inculturar las riquezas inagotables del evangelio.

De ese apasionante trasegar intelectual quedó también su aprecio por el mundo de la belleza, de las artes y de las letras. Este interés se convirtió en una empresa de enormes y no siempre bien comprendidos esfuerzos. Usted se ha dado a la tarea de recuperar para la fe cristiana entre nosotros su dimensión estética y de fecundar el mundo del arte con la visión trascendente de nuestra fe. Música en los templos, el centro cultural San Francisco, los programas de radio para la emisora de la Jorge Tadeo Lozano, son apenas los hitos de una actividad constante y desinteresada en favor del diálogo entre la fe cristiana y el arte, diálogo tan urgido por los últimos pontífices.

Ahora bien, hay un clima en el que su pensamiento y su ingente acción han brotado: la amistad. Quienes hemos tenido el gusto de compartir con usted sus inquietudes intelectuales, sabemos cómo el ambiente en el cual se genera su reflexión es el de la amistad nutrida por su sincera preocupación por los demás y por su exquisita hospitalidad. Cómo olvidar las amenas tertulias en su apartamento en las que usted funge de anfitrión, de cocinero y de ameno provocador de la palabra.

Hay quienes debieron y deben mucho de su vida a su hospitalidad no sólo material, sino también espiritual e intelectual.

Pero el alma de su vida, la fuente de su pasión por el estudio y por la belleza, de su sentido de la amistad, ha sido su amor por el Señor Jesucristo. Usted ha sido un creyente y como tal, ha sido probado en las noches de la fe, aguijoneado constantemente en sus búsquedas intelectuales por el sentido de la trascendencia del misterio cristiano, frente a todas nuestras construcciones mentales y prácticas. En su itinerario creyente fue también purificado en el crisol de la Iglesia que, como decía Henri de Lubac, nunca nos entrega más a Cristo que cuando nos hace sufrir, pero también, como en lo anterior, y a imagen de San Francisco, usted ha sido el creyente gozoso y reconciliado, el creyente fascinado por la simplicidad y la belleza de la fe y del amor cristiano, el creyente deslumbrado por el resplandor de Dios en la creación, por nuestra humanidad con todo lo que tiene de grande y de dramático y por las obras del ingenio humano; el creyente contemplativo del evangelio, del cual su predicación es un eco siempre fiel y, por ello mismo, siempre novedoso. Usted ha sido el sacerdote de la ofrenda existencial de la vida, el liturgo de la sencillez, de la familiaridad y de lo esencial, el profeta convencido de la fuerza interpelante de la palabra divina ante la razón humana y el pastor del trato personal y respetuoso.

Padre Alfonso, en la cima de sus cincuenta años de ministerio, cuente usted con el aprecio y la gratitud de quienes hemos recibido tantos estímulos de su personalidad, de su pensamiento y de su entrega sacerdotal, cuente con nuestra oración por su ministerio y con nuestra amistad que espera corresponder al don de la suya tan generosamente prodigado.

Querido Padre Alfonso, unos meses después de aquel día tan feliz de sus bodas de oro sacerdotales, surge hoy, después de su muerte, un nuevo motivo de gratitud. Gracias por darnos a la hora de la muerte la más grande y bella de sus lecciones, gracias por enseñarnos a morir con tanta paz y con una esperanza tan fuerte, gracias por haber dedicado sus últimos días a agradecer y animar a sus amigos y familiares, gracias porque su última acción, antes de entrar en la agonía, fue escribirle un correo a nuestro obispo para contarle que estaba entregando su alma a Dios y suplicarle que rezara por usted.

Demos pues gracias a Dios en esta Santa Misa por la vida de Alfonso, por todo el sentido y la alegría que el Evangelio le dio a su existencia, por el bien que hizo, mientras nos rencontramos en la casa de Dios para cantar por siempre sus misericordias.

Escrito por: Pedro Salamanca Mantilla, Presbítero

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